El Acento

Melissa Rivera-Jovel

photo by Mandy Aw

Justin siempre se burlaba de mi forma de decir su nombre. La fuerte “j” se convertía en una suave “y”, y todos mis amigos pudieron oír la diferencia. Mis oídos fueron los únicos que no podían diferenciar entre “Justin” y “Yustin.” En vez de decir su nombre, simplemente le tocaba el hombro. Si mis compañeros me pidieran que dijera su nombre, les echaría el pelo a la cara y me alejaría. Aunque ponía una fachada fuerte cuando evitaba decir su nombre, no pude esconder mi vergüenza.  

En el cuarto grado, me di cuenta que las palabras “share” y “chair” no están supuestas sonar igual. Mi mejor amiga se sentó a mi lado y pronunció cada palabra lentamente. Miraba sus labios y trataba de imitar sus movimientos y recrear los sonidos que salían de su boca. No nos movimos de nuestros asientos hasta que aprendí que “sh” era más suave que “ch.”

Año tras año, yo mejoraba mi acento. Practique donde debía poner mi lengua en relación a mis dientes y si mis labios tenían que estar relajados o si tenían que formar una apretada “o” en mi cara. Pude esconder mi acento completamente a tiempo para la secundaria. Pues, yo creí que lo escondí completamente. 

Hasta la secundaria, siempre había estado alrededor de otros hispanohablantes. Se burlaban de mi forma de hablar, pero al menos mi acento se podía perder en el mar con las peculiaridades con que hablaban otras personas. En la secundaria, estaba rodeada de gente que no tenía un acento notable. A veces, me encontraba como un pez fuera del agua. Mis compañeros no lo sabían, pero cada vez que se reían o señalaban algo raro de mi forma de pronunciar algunas palabras, como “champagne” o “yo-yo”, quería que el suelo me tragara allí mismo.

La única clase donde yo me sentía segura y confidente era mi clase de español. Mi madre no creía en mis habilidades escribiendo y hablando el idioma, evidente cuando ella me trajo a la escuela durante el verano para decirle al principal que yo no pertenecía a la clase de nivel tres. Claramente, ella estaba equivocada. Yo prosperé en esa clase. Obtuve calificaciones altas en pruebas y exámenes, y pude ayudar a los otros estudiantes en mi clase. Otro aspecto de la clase que me hizo sentir cómoda fue que era un espacio para compartir mi cultura sin sentirme como una extraña; era algo que era respetado y a veces pedido. Todos cometíamos errores, pero nadie se burlaba de los diferentes acentos en el salón. Creí que al fin encontré un lugar— y un idioma—que podía ser mi hueco seguro.

Otra vez, yo estaba demasiado confiada. Siempre he sido consciente de mi acento en inglés, pero después de años empujando mi español a un lado, no pude deshacerme de mi “agringada” español. Sí, a veces me pongo avergonzada cuando hablo inglés, pero mis labios tiemblan cada vez que mi familia en Honduras me pone a prueba en español. Estoy orgullosa de ser hispana y Hondureña, pero cuando visite a mi familia este pasado febrero, me sentí fuera de lugar. Me sentí incapaz. Me rodearon como si yo fuera un acto de circo. Deliberadamente usaban palabras y frases que no sabía, solo para verme perdida y confundida. Si yo pedía una aclaración, se reían en mi cara. No importaba que yo estuviera tomando clases de español avanzadas en mi escuela; yo no podía hablar lo suficiente catracha para ser como ellos.

Mi mayor lucha no ha sido sólo la forma en que hablo. Mi identidad como hondureña-estadounidense ha sido difícil de definir. No quería sacrificar mi cultura solo para encajar con personas que no eran hijos de inmigrantes o que  no estaban cerca de la cultura de su familia. Sin embargo, tampoco quería quedarme atrapada en la mentalidad poco progresista y misógina relacionada con Honduras. 

Por ahora, estoy feliz siendo el resultado de estos dos mundos. Combinar mis culturas y mostrarlas es lo que me hace única, y es lo que me hace sentir tan orgullosa de ser yo misma. Mi cabello grande y rizado destaca entre la multitud, pero no sin los tintes azules y rosados que hace que las mujeres hondureñas mayores de mi país se sientan incómodas. La gente puede mirar fijamente mientras bailo, pero ya no me detiene, ya sea que esté bailando Punta o Hip Hop. 

Solía avergonzarme de mi acento, pero ahora es uno de mis mayores orgullos.